Francia

Nuestro primer país por el extranjero, donde aprendimos lo duro, y a la vez gratificante, que sería este viaje.

Lo más difícil para mí, con creces, era, y es, hacer la compra. Las marcas de los productos no son las mismas o el modo de empaquetarlo es diferente, así que cuesta encontrar lo que buscas (si es que acaso lo tienen). Para escoger entre una marca u otra, me gusta mirar la composición, pero claro, tenía que traducir/deducir los ingredientes de la etiqueta en perfecto francés. Los precios están por las nubes, así que si iba con la idea de hacer alguna receta en concreto, tenía que desecharla si alguno de los ingredientes era indecetemente caro; así que volvía a la furgo con un montón de cosas sueltas y teniendo que echar de imaginación para improvisar una comida con todo lo que había podido conseguir. Me costaba encontrar supers que tuvieran carnicería o pescadería, todo venía ya cortado y empaquetado, y, sorprendentemente, con una nutriscore de pena. Todo esto hacía que tardara un montón en comprar, así que si le sumas además el tener una niña de 2 años que grita porque quiere salir de la mochila de porteo, que sale y va tocando todo por el super, todo lo quiere meter en el carro, carro que también quiere llevar mientras se va chocando en cada empujón que le da, podréis entender que hacer la compra no era una experiencia agradable. De hecho, cada vez que volvía del super necesitaba unos minutos para respirar hondo y desestresarme, o incluso me cambiaba el humor para el resto del día. Por no hablar de lo agotada, mental y físicamente (si hacía una compra grande con dos bolsas en la mano y una niña cargada en la mochila), que me dejaba. Lo estoy contando como si fuera algo que me ha ocurrido sólo en Francia, pero en realidad esta experiencia está siendo parte del viaje. Y tomármelo con filosofía, parte del aprendizaje.

También fue algo decepcionante darnos cuenta del poco tiempo que tendría Marc para ver las ciudades y pueblos en los que parábamos. La dinámica entre semana le permitía trabajar y, si acaso, pasear a la perra con la niña mientras yo hacía la cena. Estrujábamos los fines de semana para poder avanzar en nuestro viaje, pero a la vez hacer todo el turismo que podíamos. Con ese ritmo, en seguida quedamos exhaustos, ¡no había días de la semana para descansar! Esa no podía ser la dinámica, teníamos que bajar las revoluciones y el hype inicial.

En Francia muy poca gente habla inglés. Ni siquiera la gente joven. Menos mal que sabiendo español, catalán, inglés y un pelín de alemán, el francés no resulta tan difícil de leer. Pero joder, cada vez que teníamos que pedir algo en alguna tienda, nos sentíamos unos palurdos comunicándonos por señas e intentando pronunciar las palabras escritas en los carteles o menús. Además, tampoco parecía que ellos hicieran ningún esfuerzo por facilitar la comunicación; más bien te miraban como a un bicho raro, enfadados y decepcionados con nuestro pésimo nivel de francés.

Además, al ser nuestra primera toma de contacto de inmersión lingüistica, nos costó adaptarnos y acostumbrar nuestra mente a ese segundo idioma. Aunque, en mi caso, mi cabeza sufrió un colapso políglota, y en una misma frase era capaz de meter inglés, catalán y alemán sin darme cuenta, y sin saber reconocer de inmedianto a qué idioma pertenecía cada palabra de las que había dicho. En resumen: me cortocircuitó el apartado del cerebro destinado a la comunicación extranjera. Y es que el frances tiene sonidos parecidos a los que aprendí en alemán, y muchas palabras similares al catalán. Pero la segunda lengua que vedaderamente domino es el inglés. Así que en el momento en el que vetaba el castellano en la conversación, y leía o escuchaba francés (idioma que nunca he estudiado), mi cerebro sacaba al campo de juego a todo el banquillo, por si algo servía.

Mïa también tardó un tiempo en darse cuenta de que cuando ella hablaba, no la entendían. De que lo que hablaban los otros niños, era otro idioma, no que ella no estuviera entendieno bien lo que le decían. Como madre, al principio me sentía muy compungida al ver cómo intentaba comunicarse, y cómo me preguntaba qué decían los otros niños, sin poder yo traducir ni ayudarla con sus conversaciones infantiles. Reconozco que tuve pensamientos de volver: no tenía porqué hacerle pasar a mi hija por estas experiencias de socialización tan frustrantes que pudieran llegar a hacerle sentir excluída. Pero entonces recorde que, como madre, lo mejor que podía hacer era ayudarla a transitar esa frustración, y darle herramientas para sobrellevarlo de la mejor manera posible. Le explicaba que no entendían sus palabras, que era normal, y que por eso tenía que buscar otra forma de hacerse entender. Le enseñamos algunas palabras en francés: hola, adiós, gracias, ‘yo me llamo Mïa’. Así ella también creaba más conciencia de lo que era otro idioma, y podía entender mejor la falta de comunicación, sin tener que achacarlo a un problema suyo. Aunque, probablemente, la única que veía un problema en todo aquello era yo.

Cosas buenas que me quedo de Francia: Burdeos. Supongo que fue circunstancial, y que si vuelvo a Burdeos no me iré con ese mismo buen rollo con el que me fui. O quizá sí, no lo sé. Pero sé que el buen tiempo que nos hizo, ayudó. También fue maravilloso el espectáculo de magia en el que nos metimos Mïa y yo, de manera completamete improvisada, en el Museo de la Magia del Maestro Houdin en Orleans. Hacía mucho tiempo que no veía un espectáculo tan bonito en un teatro, y compartirlo con mi hija, ver cómo ella también lo disfrutaba, me pareció muy especial. Y, por supuesto, nuestro paso por Lila, justo en la frontera ya con Bélgica, donde ver caras amigas fue como un oasis en medio del desierto. Gracias a Angie y a “el señor” por la hospitalidad, por hacernos descubrir los mejillones en salsa de crema y, sobre todo, por querer a Mïa sin tener porqué. Jamás olvidaré el sentimiento de agradecimiento tan grande que experimenté como madre (y me refiero a llegar a tener lagrimas en los ojos) al ver que otras personas que no eran parte de nuestra familia cuidaban y tenían tanto en cuenta a mi hija. No tengo palabras…

Además, en Lila, fuimos por primera vez a un “parque de atracciones con Mïa”. Lo pongo entre comillas porque en relidad era un lugar a medio camino entre una feria ambulante y un parque de atracciones de los de verdad. Pero para mí fue igualmente especial.

Volviendo a Burdeos: allí pude ir a varios parques con Mïa, y todos me parecieron una pasada. Me encantó la cantidad de columpios que tenían: de madera y cuerdas, muy sensoriales y para jugar con el equilibrio y las leyes de la física. Pero lo que más me llamó la atención es que daba igual que fuéramos por la mañana o por la tarde, en el parque siempre había niños. Y niños pequeños, de la edad de Mïa, que no iban acompañados de sus abuelas o abuelos, sino de sus madres o padres. En ese momento sentí mucha curiosidad por saber cómo era la maternidad allí en Francia. Cuánto tiempo de permiso tenían, cómo eran las ayudas del estado o qué concepto tenían allí de la conciliación familiar. Pero como no había tenido mucha suerte encontrando personas que hablaran inglés, no me atreví a iniciar ninguna conversación al respecto.

También me pareció muy interesante la interacción madre-hijx y niñx-niñx.

LIBERTAD. Los niños jugaban con libertad por el parque, independientemente de la edad que tuvieran. No había una madre temerosa detrá de ellos constantemente. Los niños de dos años subían los columpios altos mientras las madres observaban desde lejos; o se quedaban colgados de las cuerdas como si ya no supieran cómo salir de ahí. Pero el caso es que ninguno de esos niños daba muestras de estar asustado o agobiado, ni sus madres tampoco. Y nunca vi que sucediera ninguna desgracia. Así que quizá los niños son más capaces de lo que pensamos y de lo que, inconscientemente, les hacemos creer.

IGUALDAD. En varios parques vi columpios grandes, pensados para ser usados por un grupo de niños. Y estos grupos de niños eran muy heterogéneos, de todas las edades y sexos, y todos cuidaban de todos.

FRATERNIDAD. Muchos niños llegaban al parque con bicis o patinetes. Mïa no perdía la oportunidad de subirse a todos ellos. Observé cómo todos los niños usaban los juguetes de todos, pero ninguno se enfadaba o iba a reclamar lo suyo. De hecho, no vi en ningún momento ninguna rabieta, y desde luego, nadie nos dijo nunca nada por tocar su patinete. Eso sí, acabé tan harta de robar bicis sin tener la capacidad para pedir permiso, que acabámos comprándole a Mïa su primera bici de equilibrio.

Me pareció poético ver representado en la actitud de los niños franceses en los parques el lema de la revolución francesa “libertad, igualdad y fraternidad”. Como si por epigenética, se hubiera transmitido de generación en generación.

También fue poético para mí encontrar en todos lados, y de forma salvaje, dientes de león. Sé que esto puede sonar un poco raro. Lo explico:

Gracias a un video aleatorio que me sugirió instagram estando precisamente en Francia, aprendimos que los dientes de león son primero unas flores amarillas, que con el tiempo se repliegan para volver a florecer como esas esferas blancas que soplas para hacer volar sus semillas. Me resultó poético encontrarme con aquello en ese momento de mi vida (de nuestra vida) en el que habíamos cerrado una etapa para comenzar otra. En el que nos hemos tenido que reinventar para seguir con nuestras vidas de una manera plena. Y que, como el diente de león, hemos pasado de una vida de pétalos firmes y estáticos, a una más volátil y dinámica.

…todo un mes de poesía francesa.

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